Las noches siguen sabiendo a sangre.
Nuestros recuerdos se disuelven en los charcos de mi almohada mientras nuestro destino se ahoga en un futuro que naufragó a través de mis ojos. Como la tranquilidad antes de la tormenta sentí aquel silencio aterciopelado que premonizaba una de esas noches en las que tienes que morder la almohada para que no te oigan llorar. Muere matando, pero al fin y al cabo, muere; agonizando como un gigantesco animal herido que hace retumbar el cristal del cielo abovedado y destroza la estancia dando bandazos antes de caer desplomado e inmóvil. Ese silencio crítico del último suspiro, el éxtasis de la vida, que se esfuma en el orgasmo de su culmen y la paz de saber que lo que está muerto, no puede morir.
Lero.
Lero.
Comentarios
Publicar un comentario