El mar muerto.

El mar no sabía ser marinero porque le costaba demasiado templarse cuando había tormenta. Pagaba las deudas de su mala vida echándose sal sobre las heridas compuestas por una costra de marea infinita.
Nunca se perdonó el deshielo y por eso se movía incesantemente intentando huir de sí mismo.
Jamás acogía a los barcos sino que sólo se dejaba hacer, demasiado cansado para apartarse de sus parásitos.
No vivía para nadie porque sólo esperaba la muerte en una desesperación más infinita que sus ojos negros.
No vivía ni para sí mismo, consciente de una abulia que exteriorizaba su maldita alma. Su alma a calmada, anestesiada por el largo, espeso y venenoso dolor que recorría sus aguas desde hacía una eternidad. Desde que por  primera vez el movimiento activó esa diferencia inorgánica de su ser embalsamado por las balsas de lo humano, de lo orgánico  arrogantemente humano que apestosamente surgió como la creación de la palabra vida.

Lero.

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