Distensión del corazón.
Un día cualquiera, de esos que habían nacido al alba con intención de morir al ocaso sin molestar, en el horizonte. Un día sin más, en el que el viento tenue mantenía una hoja en el aire haciéndola oscilar caprichosamente a su antojo. Un día como tantos otros, en los que la gente se hacinaba en vagones de metro repletos de vidas cruzadas e invisibles unas a otras, perdidos sin remedio en un egoísmo de almas ciegas demasiado preocupadas de sí mismas. Un neutro y rutinario día lleno de actividad insulsa e incompletiva ella recordó que en algún momento y en algún lugar, una vez su corazón se había ensanchado más allá de lo que sus propios límites le permitían, recordó que alguien alguna vez había logrado romper el aro de hielo que con el tiempo se había ido formando alrededor de ese esquivo y desconfiado corazón que en un pasado aún más lejano había tocado, osado, el fuego con su tierna lengua y se había refugiado tras una curtida barrera para, lo que él suponía, una eternidad. No recordó tardes y parques, no recordó besos ni abrazos, ni siquiera lo recordó a él; recordó el calor como la ausencia de frío, recordó el silencio como la ausencia de ruido, recordó la música que una vez vibraba dentro de ella, haciéndola latir, tocada por una fuerza impersonal y mágica. Recordó que una vez no había existido aquel vacío que ahora mismo la embargaba, acechándola sin motivo, sin razón, sin lugar ni pretensión, poniéndola en tensión, ahogando sus nervios, dejándola con la única perspectiva del lento olvido y la injusta paciencia del dolor.
Lero.
Lero.
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