Soledad compartida.
Muy a menudo usamos la fórmula echar de menos como algo bonito y agradable, y, sin embargo, se refiere a una de las peores sensaciones que podemos experimentar. Echar de menos tu ciudad, echar de menos tu casa, echar de menos a tus amigos, a tu pareja, a tu familia, echar de menos a tu perro, tu gato o tu canario, tus costumbres, tus detalles, tus olores, tus colores... y al fin y al cabo, echar de menos tu vida, sentirte en una nube, un vórtice de cosas nuevas, información, rostros hábitos, comidas, sentimientos, personas...nuevo, nueva o nuevas, estar rodeado de todo y sentirte nada, abandonado contigo mismo, como un náufrago de su propio destino, en las siniestras aguas de la marea humana. Estar en una nube de mentira que de repente se esfuma como humo humano que solo puede oírte y no escucharte. A veces es necesario gritar al eco para que nadie te responda, lanzar un grito a la nada puede ser mejor que a esa parte elegida del todo, o por lo contrario algo completamente inútil. Pero hoy me acuesto con alguien nuevo al que no podría reconocer, yo mismo.
Lero.
Lero.
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